Hace algo más de un año Koldo Saratxaga estaba dando varias charlas invitado por el movimiento participativo Gure Esku Dago —esta en Arrigorriaga, por ejemplo—. Después, en más charlas, hemos oído a Koldo comentar con entusiasmo la predisposición a aportar de las y los asistentes a estas charlas, las propuestas y los comentarios que se compartían en un coloquio posterior que se alargaba incluso por horas.
Hoy empiezan a andar en todo el Estado español gobiernos locales con una definición de colorido ideológico más amplia de la acostumbrada; entre otros factores que lo han facilitado está la consolidación como partidos de diversas iniciativas con el denominador común de la participación ciudadana. Se diría que la participación es un fenómeno que ha venido para ser más que un fenómeno pasajero. No sabemos por cuánto tiempo se quedará ni tampoco cómo; lo que sí vemos es que es una trayectoria que va desarrollando etapas gracias a diferentes actuaciones, por ejemplo, como las de Gure Esku Dago.
¿Cómo convivirán en las corporaciones municipales estas personas de múltiples ideologías? ¿Cómo llevarán el timón en cada barco local? ¿Qué harán hasta alcanzar resoluciones bajo el nombre comunitario «Ayuntamiento de»?
Los aficionados a los acuarios saben que, para formar uno, de las primeras cosas que deben conocer es qué especies son compatibles: cuáles tienen requisitos similares respecto al agua y al alimento, cómo se afectan según sus respectivas formas de ser, cuánta diversidad puede acoger la amplitud del espacio disponible, etc. Sin unas decisiones adecuadas, el acuario no durará más allá de días, ya que el agua alcalina que necesita un pez no es la que requiere otro; si una especie es pacífica, otra es nerviosa o carnívora; etc. ¡Vaya desilusión quedarse sin sus peces!
Sería interesante conocer cuánta pena puede darle a un gobernante local quedarse sin su cargo o que el municipio vaya mejor o peor; en resumen, hasta dónde le llegan los alicientes para implicarse en su labor.
Pero si la participación ha sido el motor de la diversidad política en los ayuntamientos, los pactos son ahora la llave para arrancar en la actividad. Y esto sí tiene mucho que ver en que tanto los representantes de la participación como los del poder convencional, o de la jerarquía, participen a su vez en gobernar —palabra con significado por delimitar.
Pacto y pactar se escriben estos días con p de poder y de presión, no tanto con P de participación: se trata sencillamente de imponerse al rival y de que el rival acepta que, aun siendo «titular oficial» del poder, algunas o muchas decisiones le serán impuestas. Esto nos indica que la participación está lejos de ser una realidad y que la contienda por el poder sigue imperando.
Si los políticos de los pactos hicieran un tour por ner group, verían más opciones, y sobre todo una que forma parte del Nuevo Estilo de Relaciones (NER): se llama proyecto común. Este sería el primer pacto: el proyecto de localidad, pueblo, ciudad, etc. por el que esta diversidad de ideologías va a compartir mesa, y el segundo pacto, compartir este proyecto, convertirlo en común.
Pactar un proyecto y pactar compartirlo sería una propuesta del NER a estos ayuntamientos. La confianza mutua o la comunicación interpersonal que ello involucra no van a surgir de la noche a la mañana, incluso no existirán nunca, pero sí está a nuestro alcance reemplazar estos modos de hacer con p de poder por otros con P de participación. El Nuevo Estilo de Relaciones es un armazón posible para este barco, uno netamente participativo, en el que se celebran asambleas, se funciona mediante equipos autogestionados, el cliente es el centro —el ciudadano, en este caso—, etc.
Para esto se necesitan líderes y el liderazgo es sinónimo de autoridad; es decir, el liderazgo se gana y se puede perder o mantener, lo dan las personas con su voto, pero primero con su sentir. ¡Y en los sentimientos «no se manda»! (¿de ahí su poco interés para una cultura jerárquica?).


