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Koldo Saratxaga
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Por lo menos a mí me pasa que cuando quiero expresar algo, lo primero que me dicta son las tripas, entendiendo por tripas lo que tengo arraigado desde, suelo decir, los siete años, lo que siempre he sentido. Claro, luego vienen las experiencias, en mi caso son muchas, variadas y a diario (¡como para quejarme!). Con esto voy evolucionando en mi pensamiento y por tanto en mi práctica (seguro que menos de lo debido), y de nuevo experiencias y de nuevo nuevos pensamientos y siempre soñando y siempre aplicando y siempre logrando una gran parte de esos sueños: normal, poder es querer.
Y estaba pensando que, entre ellas, entre esas experiencias, también se encuentra la lectura, el viajar y compartir con otros soñadores o no viajar ni compartir con otros tiranos. En los últimos meses he buceado en las entrañas de cuatro libros, que no son para el ocio y sí y mucho para la reflexión, y que recomiendo a todas las personas que quieran salir de la situación de confort artificial en la que se encuentran. Creo que el orden adecuado, y así me fueron llegando, es: La doctrina del shock, de Naomi Klein; Mao. La historia desconocida, de Jung Chang y Jon Halliday; Más allá del crash, de Santiago Niño-Becerra; y La vía. Para el futuro de la humanidad, de Edgar Morin. Los dos primeros nos dan una visión, perfecta y cuantiosamente documentada, de cuáles son las bases sobre las que las grandes potencias han creado su poder y sobre las que quieren seguir protegiéndolo; el tercero nos ofrece una visión, de una manera cruda y real, de la terrible situación actual y las tristes perspectivas de futuro que la sociedad continúa sin querer asumir y, por tanto, liderar. Sin embargo, en el cuarto, Edgar Morin, siendo totalmente consciente de la realidad, desde hace años, y como buen sociólogo y filósofo, nos indica vías para el futuro. Es esta perspectiva, la de mirar al futuro, la que me interesa, y más si aporta caminos posibles para crear el gran cambio que el planeta a gritos nos pide. Espero que los lectores profundicen en los otros tres y, por supuesto, en este último.
Ya en la introducción, Morin hace una referencia a la diversidad humana que está en línea con la manera de exponerla que tenemos K2K cuando recurrimos a la campana de Gauss:
«La unidad humana engendra la diversidad humana y la diversidad humana mantiene la unidad humana. De ahí surge esta afirmación: “la diversidad es el tesoro de la unidad humana; la unidad es el tesoro de la diversidad humana”».
La globalización, que nació hace poco más de dos décadas, tiende hacia un progreso estandarizado según modelos americanos que solo hablan de bienestar y consumo. Sin embargo, existe otro modelo: de resistencia y que habla de culturas autóctonas. Una sociedad debe controlar su economía y no la economía a la sociedad, como está ocurriendo. Este control falta y no existe ahora mismo la autoridad capaz de ejercerlo; «por tanto, está ausente la conciencia de comunidad de destino indispensable para que la sociedad se convierta en Tierra-Patria».
En el inicio del libro mencionado, Edgar Morin hace una clara descripción de las crisis que nos rodean:
- La crisis económica mundial aparecida en 2008 como consecuencia de una falta de regulación. A la hipertrofia del crédito se une la especulación del capitalismo financiero con el petróleo, los minerales, los cereales, etc.
- La crisis ecológica se acentúa con la degradación creciente de la biosfera, que generará nuevas crisis económicas, sociales y políticas.
- La crisis de las sociedades tradicionales deriva de la occidentalización que tiende a desintegrarlas.
- La civilización occidental de por sí siempre en crisis debido a los efectos egoístas del individualismo que destruye la solidaridad, con una clase media que se intoxica con el consumismo, mientras se agrandan las desigualdades.
- La crisis demográfica se amplifica por la superpoblación de los países pobres, la disminución de la natalidad en los países ricos y los flujos migratorios que la miseria provoca.
- La crisis urbana se desarrolla en las megalópolis asfixiadas y asfixiantes, contaminadas y contaminantes, con ciudadanos sometidos a continuo estrés, donde proliferan los guetos de pobres y los muros para proteger a los ricos.
- La crisis del mundo rural, en plena desertificación provocada por la creciente concentración urbana y por la extensión de los monocultivos y la ganadería industrializados, que degradan entornos y alimentos.
- La crisis de la política que se agrava por la incapacidad de pensar y de afrontar la amplitud y la complejidad de esta nueva situación.
- Las religiones, que habían retrocedido gracias a la laicidad, están progresando, pero con conflictos internos entre cultos enfrentados.
- El humanismo universalista se descompone en aras de las identidades nacionales y religiosas, cuando aún no ha logrado convertirse en un humanismo planetario que respete el lazo indisoluble entre la unidad y la diversidad humanas.
Y prosigue Morin reflexionando en los siguientes términos:
«El conjunto de estas múltiples crisis interdependientes es ocasionado por una mundialización que, al igual que la Trinidad cristiana, es una y trina: globalización, occidentalización y desarrollo. La palabra “desarrollo” se ha convertido en una etiqueta de solución y progreso. Gran parte del mundo considera que es la salvación para la humanidad. El crecimiento se concibe como el motor evidente e infalible del desarrollo, y el desarrollo como el motor evidente e infalible del crecimiento. Ambos términos son, a la vez, fin y medio uno del otro. Sin embargo, como dijo Kenneth Boulding: “Quien crea que un crecimiento exponencial puede durar siempre en un mundo finito o es un loco o es un economista”».
Esto nos lleva a que:
«La gigantesca crisis planetaria es la crisis de la humanidad que no logra acceder a la humanidad».
Como inicio de las vías reformadoras, Edgar Morin indica:
«Las reformas políticas, económicas, educativas y vitales, por sí solas, han estado, están y estarán condenadas a la insuficiencia y el fracaso. Cada reforma solo puede progresar si lo hacen las demás. Las vías reformadoras son correlativas, interactivas e interdependientes».
»No hay reforma política sin reforma del pensamiento político, el cual supone una reforma del pensamiento mismo que, a su vez, supone una reforma de la educación, que conlleva una reforma política. No hay una reforma económica y social sin reforma política, que va unida a una reforma del pensamiento. No hay reforma vital ni ética sin reforma de las condiciones económicas y sociales, y no hay reforma social y económica sin reforma vital y ética».
»Podemos afirmar que la conciencia de la necesidad vital de cambiar de vía es inseparable de la conciencia de que el gran problema de la humanidad es el de las relaciones entre individuos, grupos y pueblos, muchas veces monstruosas y miserables. La antiquísima cuestión de la mejora de las relaciones entre los humanos, que tantas aspiraciones revolucionarias ha inspirado y tantos proyectos políticos, económicos, sociales y éticos ha suscitado, está hoy indisolublemente ligada a la cuestión vital del siglo XXI, que es la de la nueva Vía y la metamorfosis».
»No podemos esperar el mejor de los mundos, pero sí un mundo mejor. Solo siguiendo las vías reformadoras regeneraremos el mundo humano, de forma que converja hacia la Vía que conduce a la metamorfosis. Hay que reformarlo y transformarlo todo. Pero todo ha empezado a transformarse ya sin que nos demos cuenta. Hay millones de iniciativas que florecen en todas partes del mundo. Es cierto que, a menudo, son ignoradas, pero cada una, en su vía, aporta confianza y conciencia. Trabajemos para diagnosticar y transformar, para relacionar y unir».
»Las reformas son solidarias. No son solo institucionales, económicas y sociales, también son mentales, y requieren una aptitud para concebir y abarcar los problemas globales y fundamentales, una aptitud que, a su vez, precisa de una reforma de la mente».
»La reforma de la mente depende de la reforma educativa, pero esta también depende de una reforma del pensamiento: son dos reformas clave, que se retroalimentan, cada una es productora y producto de la otra, indispensables ambas para la reforma del pensamiento político que dirigirá, a su vez, las reformas sociales, económicas, etc.».
»Pero la reforma de la educación también depende de la reforma política y de las reformas de la sociedad, que derivan de la restauración del espíritu de responsabilidad y solidaridad, producto de la reforma de la mente, de la ética, de la vida».
Y como buen filósofo visionario y humanista, Edgar Morin concluye con lo que él llama «principios de esperanza»:
1.El surgimiento de lo inesperado y la aparición de lo improbable.
2.Las virtudes generadoras/creadoras inherentes a la humanidad.
3.Las virtudes de la crisis.
4.Las virtudes del peligro.
5.La multimilenaria aspiración de la humanidad a la armonía.
En este nivel de visión de futuro, personalmente entiendo se pueden aplicar acciones para paliar el corto plazo y medidas para ir cambiando la humanidad con otro plazo.
En el primero, en el País Vasco, en el Estado el recorrido es muy corto y poco accesible; debemos unir: Gobierno, Diputaciones (en ambos casos personas que representen, no partidos representados), Empresarios (no los que ya dicen que esta reforma era necesaria, sino ese ochenta por ciento que dice que le falta la tesorería para seguir), Sindicatos (no para repetir lo mismo de entrada), entidades bancarias del país (interesadas por este país y no por el ranking estatal) y Sociedad (personas libres, personas inquietas, personas inconformistas, personas iconoclastas), y unir esfuerzos para un bien común, no para un bien particular. Crear un plan compartido y transparente a cinco años que genere confianza y genere esperanza en la unión y relación entre las personas. Partir de una hoja en blanco. Nada que ver con la teoría del miedo, las repetidas teorías del shock tan dramáticamente aplicadas en las últimas tres décadas, el no hay otra alternativa, el tomar como base la ignorancia de la sociedad sobre lo que está pasando y el dominio de los poderosos, el capital y el conocimiento que genera poder y más y más desigualdades, como los datos indican. Existen docenas de acciones de un gran impacto para la sociedad que sólo requieren de consenso y de una ética cristalina.
Amigos, ahora más que nunca se impone el jazz, no sirven recetas ni partituras del pasado escritas para el virtuosismo, hay que remangarse y crear. Sólo crear algo nuevo, algo que sea para toda la sociedad, aunque toque a menos de lo que estábamos acostumbrados, pero mejor repartido, más pensando en el bien común, en el bien general: es necesario dar otro paso más sin haber casi iniciado el anterior y pasar del yo a todos, olvidándonos del nosotros, del para mí al para todos, olvidándonos del para nosotros.
La sociedad, esas personas que nos rodean, esas personas con las que convivimos a diario, están deseosas de poder aportar y, sobre todo, de poder confiar de verdad en unas personas, unas entidades, que dediquen sus energías al bien común y no a cómo defenderse, participando, de la cuota de poder, de dinero o de prestigio que el «enemigo» de siempre, de décadas, nos inflige cada día.
Ya vale de viajar a todas horas con el retrovisor delante de los ojos; una nueva sociedad es necesaria, para los que estamos y para los que vienen. Partamos de cero, iniciemos la nueva andadura que la nueva era nos exige con una hoja en blanco.
Koldo Saratxaga
(publicado originalmente en ResPublica. El portal jurídico vasco)