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Pablo Aretxabala |
Tenemos tatuado en nuestras creencias más profundas que la actuación de la empresa y de las personas que la componen debe responder únicamente a criterios económicos y que la ética no tiene nada que ver en ella. Lo creemos, lo asumimos, lo aceptamos, nos parece lo normal y lógico, e incluso la mayoría nos comportamos en consecuencia.
Para convencer a la empresa de que debe comportarse de manera medioambientalmente responsable alegamos los ahorros de costes energéticos, de residuos, los incrementos de ventas por los consumidores más concienciados...
Para explicar por qué es mejor tratar bien a las personas de la organización recurrimos al famoso dicho de que "vacas felices dan más leche"...
Todo se mide única y exclusivamente en razón de la cuenta de resultados: si la incrementa es bueno y si la disminuye es malo.
Este es un planteamiento absolutamente antinatural, antihumano (no se si existe este palabro, pero se entiende): no creo que nadie en su sano juicio le diga a sus hijos: cariño, actúa siempre buscando única y exclusivamente tu propio beneficio, no hagas nada que te suponga perder dinero y haz siempre todo lo que te permita ganar más y más.
Sin embargo hemos asumido que en la empresa esto es lo lógico, lo normal, lo natural, lo que debe ser, hemos comprado la idea de que pedir a la empresa que se comporte éticamente por encima de su beneficio es una utopía irreal, es cosa de buenistas (en el sentido más peyorativo del término), cosa de hippies trasnochados.
En realidad, cuando una empresa se pregunta por qué ha de comportarse de manera responsable con sus personas, con el medioambiente o con la sociedad en la que está inserta, lo que habría que decirle es que cómo puede siquiera plantearse lo contrario, cómo puede siquiera pensar que es posible un comportamiento diferente al responsable, cómo puede siquiera pretender que su beneficio puede ser más importante que sus personas, que el medioambiente o que la sociedad.
En fin, la crisis sistémica que estamos sufriendo estoy seguro de que va a suponer la caída de esta cultura empresarial irresponsable y carente de ética y en unos lustros el comportamiento ético de las empresas será lo natural, lo normal, lo lógico, lo incuestionable, lo que esté inscrito en los mismos genes de la empresa.





















