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domingo, 26 de febrero de 2012

¿Para tanto ha sido?



Koldo Saratxaga







No cabe duda de que el neoliberalismo es como un virus que ha impregnado las sociedades que han pretendido tener una creciente autonomía en términos de bienestar y democracia.

Estamos en un mundo en el que el desarrollo aparece como la panacea que todo lo facilita, ya que se presenta como la vía para la reducción de las desigualdades, para la prosperidad, la paz social y la democracia. Sin embargo, el desarrollo tecnoeconómico, en su avance, se combina con dictaduras y condiciones de trabajo poco dignas. Este desarrollo, como bien analiza Edgar Morin, «es una fórmula estándar que ignora los contextos humanos y culturales». Es un desarrollo que segrega un subdesarrollo intelectual, físico y moral.

Estamos dominados por lo económico y solo pensamos en el crecimiento, en las mejoras cuantitativas como solución a todos los males. El «yo» se impone al «nosotros» que requiere de la solidaridad y este crecimiento nos acaba dejando un poso de malestar y vacío en medio del aparente confort.

Vale, pero crecíamos y consumíamos. Ahora menos y algunos, nada. No podía ser que los ricos fueran cada vez más ricos, pero tampoco que la sociedad viviera cada vez mejor (o eso creía). Y en estas, explota la patata y se ayuda a los que de siempre les iba bien, que son quienes manejaban la patata. Al mismo tiempo, la oportunidad la pintan calva y es ahora el momento de aplicar políticas que tengan un impacto demoledor para las siguientes décadas.

La historia es muy cabezona y se repite. Recomiendo encarecidamente leer a Naomi Klein en La doctrina del shock. Se hace necesario conocer la importancia que en los últimos treinta años ha tenido la Escuela de Chicago creada por Milton Friedman, considerado el economista más influyente del pasado medio siglo, quien sostenía que solo una crisis, real o percibida, da lugar a un verdadero cambio. Y también indicaba y ejecutaba que «una nueva administración disfruta de seis a nueve meses para poner en marcha cambios legislativos importantes; si no aprovecha la oportunidad de actuar durante ese periodo, no volverá a disfrutar de una ocasión igual». No sé por qué me suena a que en este Estado se vuelve a aplicar la doctrina Friedman que nos llevará a situaciones de final de la dictadura en términos de bienestar social.

Y todo esto y el título para mostrar mi malestar de todo el día por el cierre del diario Público, porque con su sentido de izquierdas, con su denuncia constante, con su sentir popular, con sus aciertos y errores —lo perfecto y para cada lector no existe—, no sea posible mantenerlo vivo. Está claro que la llamada «izquierda» en España tiene mucho que practicar si no quiere volver por décadas a las catacumbas y la práctica de la filosofía inaplicada.

Solo espero que en Euskadi eso no pase, ni el permitir que se nos trate como masa ni que la izquierda se desuna y pierda la sociedad como objetivo.

Koldo Saratxaga