Entre el útil caudal de información que los datos económicos y financieros aportan, se encuentra lo relativo a las ventas, los costes, las existencias y las inversiones, que son lo más directamente relacionado con la gestión empresarial. Forman parte principal de la cuenta de resultados que ha de conocer y analizar todo ejecutivo con responsabilidades de gestión. El contenido de la cuenta de resultados, como de otros indicadores económicos, refleja el uso y el rendimiento de los recursos que posee la organización empresarial. Estos recursos suelen considerarse bajo cuatro amplias etiquetas: financieros, productivos, tecnológicos y humanos, y la cuenta de resultados, junto con los balances y los demás conceptos económicos, existen para medir su coste y su beneficio, en definitiva, su rentabilidad.
Como no podía ocurrir de otra forma, ante estas líneas de asientos contables sobre recursos financieros, productivos, tecnológicos y humanos, la reflexión no es solo cuantitativa, es sobre todo cualitativa. Y el primer fruto es este sentimiento:
«Las personas […] no se gestionan porque no son recursos. Los recursos son materiales, financieros y tecnológicos.»
No es posible situar al mismo nivel a las personas y a los medios productivos, al capital y a la tecnología. Existe una diferencia sustancial entre ambos niveles que debe ser percibida desde los sentimientos, para interiorizar que:
«Los recursos financieros y los recursos materiales, incluso con unos buenos medios tecnológicos, no pueden imaginar nada, no son capaces de crear nada, ni pueden vender nada, eso solo pueden hacerlo las personas.»
En su trabajo, las personas no solo aportan su hacer físico, también sus pensamientos, sus sentimientos y emociones. Por eso no es adecuado describir que son «mano de obra»; sobre esta expresión puede construirse otra en paralelo que refleja más exactamente la realidad:
«Un montón de cerebros, de corazones, de entrañas dispuestos a disfrutar y crear.»
Existe otra diferencia radical entre las personas y los recursos que impide situarlos en el mismo plano. Y consiste en que las personas no se deprecian con el tiempo, al contrario:
«El valor de las personas que disponen de oportunidades, para sí mismas y, por tanto, para la organización, aumenta con la experiencia, con el tiempo. A las personas —portadoras de conocimiento, de ilusión, de pasión y de capacidad creativa, como seres superiores que son— no se las puede tratar como a los recursos tecnológicos, financieros o materiales. Estos últimos deben ser estrujados a corto plazo ya que su valor se deteriora con el paso del tiempo.»
«Los recursos se agotan; las personas, no.»
De este modo, cae otro mito del mundo de los números empresariales, otro tópico de la cultura tradicionalmente aceptada. Ahora son las etiquetas económico-financieras aceptadas para afrontar la realidad, pues «recursos humanos», «capital humano», «mano de obra», «fuerza de trabajo» y los demás términos en esta línea son fruto de una visión imprecisa, si no errónea. El cambio comienza, pues, desde el aspecto terminológico:
«Personalmente, me niego a continuar usando los términos de puro corte material acuñados en el pasado como: “recursos humanos”, “capital humano”, “activo”, “gestión de personal”... cuando nos referimos a las personas. Son maquillajes que no nos permiten ver más lejos de una gestión basada en la competitividad y los resultados a corto plazo.»
«No me hablen a mí de mano de obra…, sino de personas. […] No tiene futuro el esquema de producir, producir y controlar y controlar, en el que la persona, el trabajador, queda relegado a simple mano de obra.»
¿Es una nueva realidad o es la realidad una vez que abrimos los ojos para mirarla? Sea nueva la realidad o nueva la mirada, se requiere esta nueva palabra o término para designarla. Con su sencillez característica, Koldo Saratxaga habla de «personas».


