En este libro no hay final feliz y el curso de los acontecimientos se va torciendo por la acción de determinadas personas, como Isabel, que aparece en el primer ejemplo que traemos, y es un miembro del Consejo de Administración de esta organización:
«Según avanzaban los días, era cada vez más consciente de que algo había cambiado en Isabel desde esa última reunión del ESC. Comenzó a evitar encontrarse conmigo, colaboraba lo mínimo y permanecía sin mirarme a los ojos cuando no tenía más remedio que coincidir a mi lado. Estaba claro que, por mucho que reiterara su voluntad de jubilarse lo antes posible, en el fondo le agradaba continuar ostentando el poder, compartido sólo en parte con su hijo Kepa. Por lo tanto, mis discusiones con ambos por evitarlo no estaban facilitando lo más mínimo nuestra relación. No obstante, así como un jugador de fútbol no se puede quejar cuando le hacen faltas, porque es parte del juego, lo mismo me ocurría a mí, ya que, tal y como me dijo en más de una ocasión Koldo, esa era mi función principal. Es decir, ir sembrando cada día, con el objetivo final de que el nuevo estilo de relaciones fuera calando en el proyecto Urgola Hermanos. También repite Koldo que donde más cuesta el cambio cultural es en los todopoderosos comerciales que consiguen los pedidos, pues suelen pensar que lo de los demás es todo fácil y encima lo hacen mal.»
Este segundo ejemplo es el momento de reflexión final de Óscar, una vez que la propiedad de Urgola Hermanos, y pese a los buenos resultados del NER, rechaza continuar el cambio organizativo:
«Tras la conversación mantenida con Koldo, me encontraba un poco más optimista. Pero fueron los siguientes acontecimientos los que me acabaron de reanimar. A lo largo de esa misma tarde recibí varias llamadas de personas de Urgola Hermanos que querían despedirse personalmente y agradecernos la posibilidad que les habíamos otorgado de conocer esta nueva forma de relacionarse. Aunque reconocían que no les había extrañado lo más mínimo la reacción de la propiedad, se sentían desalentados por tener que volver a la situación anterior. Incluso uno de ellos me comentaba que había decidido tomarse unos días libres para decidir lo que quería hacer a partir de aquel momento. Tras animarles y darles las gracias por la llamada, me despedía de cada uno de ellos recordándoles que podían contar con nosotros para todo lo que necesitaran. Parecía que Koldo tenía razón: siempre que se siembra, germina alguna semilla.»


