Hoy domingo, día de descanso, con tiempo para hacer cosas diferentes, seguramente que terminaremos el día como suele terminarse un domingo: con las fuerzas recuperadas y con ilusión por empezar la semana.
En nuestra página de actualidad, hoy hemos estado mirando a lo que se llamaba en los libros de la escuela «el reino animal», ese reino que tal vez recordemos poco en el día a día, porque en nuestras ciudades o localidades grandes no solemos ver otras especies fuera de las mascotas más corrientes que son perros, gatos, peces, pájaros y roedores diversos. Con este entorno, no es raro que alguna vez alguien se plantee la duda, por ejemplo, de si nuestros niños y niñas tienen asimilado el origen animal de determinados alimentos.
Exageración o no, lo cierto es que en los actuales planes educativos hay poco lugar para el contacto con la Naturaleza. En cambio, algunos de los proyectos educativos liberales que arrancan en el siglo XX, momento de esplendor de la cultura en el mundo, tienen entre sus valores la relación del alumnado con la Naturaleza. Por ejemplo, la Escuela Moderna, fundada por el anarquista Francisco Ferrer Guardia, dirigida a la educación elemental, o la Residencia de Estudiantes, dirigida a los universitarios, fundada en 1910 y que fue el primer centro cultural de España durante décadas. Junto con la educación en aspectos como la armonía con la Naturaleza o el Universo y la vida sana al aire libre, también se daba valor a la adquisición de algunos conocimientos de biología animal y vegetal.
Koldo Saratxaga debe a sus orígenes familiares el contacto con la Naturaleza, con animales y plantas. Por lo tanto, la oportunidad de haber realizado ese aprendizaje y adquirir esa cultura. Su padre, aunque ejercía como pequeño empresario, también tenía en el caserío familiar algunas cabezas de ganado, como es propio de los caseríos vascos. A este ganado había que atenderlo y en esta tarea participaba Koldo. Parte de todo ello lo cuenta en ¿Sinfonía o jazz?
«El contacto con la tierra, con los animales, el sentirte cómodo en ese ambiente, es algo que no tiene precio. No es lo mismo ver los fantásticos documentales actuales que levantarse a las tres de la madrugada, con ocho años, para ayudar, tirando de las patas que comienzan a sobresalir de la ternera que está naciendo en la cuadra, justo debajo de donde duermes. No puedo decir ahora que nos gustara recoger nabos y remolachas, remover la hierba a pleno sol para que se secara y luego enfardarla, porque suponía mucho esfuerzo físico y un gran sacrificio de horas de juego, pero aquella gaseosa compartida, que nos esperaba, aunque no siempre, después del trabajo, se convertía en una excepcional recompensa e, incluso, como diríamos hoy, en un reconocimiento maravilloso.»
(Koldo Saratxaga, ¿Sinfonía o jazz?, pág. 52)
Ésta era también la vida en un caserío vasco. Cuando después Koldo formó su familia, relata:
«Seguí defendiendo con orgullo mi procedencia de Sopuerta, de una vida que consideraba más natural, y continúo conservando ese sentimiento. Después he construido mi propia casa, he plantado mis árboles, tengo mi pequeña huerta, en la que crecen pimientos y tomates y en la que camino descalzo para percibir el contacto con la tierra y tomar prestado de ella su energía. Una de las cosas que más me gustaba, hasta hace cuatro o cinco años, era segar la hierba a mano con guadaña. Al final la desbrozadora mecánica se ha impuesto, no sé por qué, si por mis riñones o porque la tecnología lo invade todo, incluso mi vínculo con el pasado y la tierra. No olvidaré el día que la compramos, pues sentí una cierta sensación de derrota de la que no me he recuperado del todo, a pesar de su aparente poca importancia.»
(Koldo Saratxaga, ¿Sinfonía o jazz?, pág. 53)
Todo ello tiene más significados además del significado físico:
«Fue una experiencia muy válida para intentar ser autónomo, también para entender que lo que se experimenta se aprende; lo hice con la azada, lo que me permite saber trabajar y tratar la tierra y desde entonces sé segar la hierba. Lo que he experimentado lo conozco y sé hacerlo. Quizá de aquella realidad surja la firmeza con la que creo que sólo se adquieren conocimientos cuando se experimenta de verdad.
Por ejemplo, plantar los tomates cada año, perfectamente alineados, con idénticas separaciones entre ellos es para mí una actividad especial y muy gratificante. Pongo tres docenas y tardo tres horas y cuando concluyo parece una parte integrada en el jardín. Disfruto plantando, no tanto recogiendo y eso que como tomate prácticamente todos los días del año. A veces pienso que mi convicción de que lo importante es sembrar y mimar la siembra, ese concepto de “siembra bien que ya recogerás” me viene de haber vivido, trabajado y contemplado la tierra.»
(Koldo Saratxaga, ¿Sinfonía o jazz?, págs. 54-55)
Toda esta experiencia nos ha resultado hoy una invitación muy atractiva para abrir los sentidos y la mente a la Naturaleza. Os deseamos un buen día de descanso y si es posible una agradable experiencia de la Naturaleza.

