Cada vez con más frecuencia, en el mundo empresarial y otros relacionados, se oyen y se leen declaraciones en la línea de las personas: «nos centramos en las personas», «nos basamos en las personas»...; incluso muchas de ellas se explayan en la descripción de sentimientos y metas que estaríamos de acuerdo en considerar positivos. Esta labor de repetición, que a veces va unida a una labor de sensibilización, educación y formación, acaba dando sus frutos, favorecida por las buenas semillas de capacidades que personas y organizaciones poseemos. De esta forma, un día avanzamos y pasamos a preguntarnos por la manera como se lleva a cabo esto tan repetido de centrarnos en las personas, basarnos en las personas y hasta nos lanzamos a realizarlo. Buena muestra de ello es la pasada Semana Europea de la Calidad en el País Vasco, la XVIII, coordinada como es habitual por Euskalit, cuyo programa ofrece, junto con temas distintivos de determinadas organizaciones, muchos otros relacionados con las personas.
Es el «cómo» lo que marca la diferencia entre las organizaciones que se dicen públicamente basadas o centradas en las personas. Y el «cómo» es también lo que hace diferente al Nuevo Estilo de Relaciones, Harreman Estilo Berri, con respecto a todo lo que existe. La diferencia principal es que en el Nuevo Estilo de Relaciones lo que se basa en las personas no es una empresa, ni tampoco una organización, sino un proyecto.
«Hay dos palabras clave: personas y proyecto», afirma Koldo, y lo que esto supone como factor diferencial puede comprenderse muy bien, por ejemplo, por dos caminos: uno sería viendo la frecuencia con la que las acciones realizadas en esta línea mediante diversos programas se centran en aspectos muy concretos, desde el sexismo al buen estado material de las instalaciones. Y otro sería valorando el alcance que estas acciones, desarrolladas al amparo de programas de gestión participativos, tienen sobre el conjunto de la organización.
En otras palabras: ¿hasta dónde estamos dispuestos a asumir la participación de las personas?, ¿vamos a considerarlas como elementos decorativos o como lo más importante? O, en definitiva, ¿hasta dónde llegan nuestra capacidad e impulso de cambio? Es indudable que todo movimiento organizativo tiene un coste, ¿lo fácil es lo mejor, lo más eficaz y eficiente? Es posible que alguien lo piense así; por ejemplo, a la hora de afirmar lo siguiente:
«En la literatura suele otorgarse a los sistemas de participación grupales, una mayor capacidad, tanto para involucrar y motivar a los trabajadores en la mejora de procesos, como para contribuir a una mejora de los resultados empresariales. Más aún, de acuerdo con Miklavcic et al. (2007) y Saratxaga, (2007), el nivel más avanzado en el trabajo en grupo se caracteriza por los equipos de trabajo autogestionados. No obstante, también aparecen en la literatura menciones a que los sistemas individuales de participación o sistemas de sugerencias presentan un mejor comportamiento dado que son más fáciles de implantar y presenta un menor coste interno para las empresas.»
Es un punto de vista posible, aunque deja sin respuesta las necesidades reales de una organización y las de su entorno. La cultura del parcheo, ¿puede responder a los retos de futuro? En la experiencia del Nuevo Estilo de Relaciones, el cambio radical es la respuesta a las necesidades organizativas, tanto internas como externas, en esta época de decadencia de la cultura jerárquica que convive con la nueva época del conocimiento.












